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/++ ¿QUÉ CUÁNTOS AÑOS TENGO???



ESTOY EN LA EDAD EN QUE PUEDO:  Gritar sin miedo lo que pienso... Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido... Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.

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ESTOY EN LA EDAD EN QUE PUEDO:

Gritar sin miedo lo que pienso...
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido...
Pues tengo la experiencia de los años vividos 

y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo!
¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo, y otras que estoy en el apogeo.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,

sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero,
para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen porqué decir:

¡Estás muy joven, no lo lograrás!
¡Estás muy viejo, ya no podrás!
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, 

pero con el interés de seguir creciendo.



Tengo los años en que los sueños, 

se empiezan a acariciar con los dedos 
y las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor a veces es una loca llamarada, 

ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
Y otras es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Qué cuantos años tengo?
No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, 

mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé 
al ver mis ilusiones truncadas...

¡Valen mucho más que eso!




¡Qué importa si cumplo cuarenta, cincuenta o sesenta!
Pues lo que importa: ¡Es la edad que siento!

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,

 pues llevo conmigo la experiencia adquirida 
y la fuerza de mis anhelos.

¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso a quien le importa!

Tengo los años necesarios para perder el miedo 

y hacer lo que quiero y siento...

José Samariego



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++ EL DÍA EN QUE JESÚS GUARDÓ SILENCIO...(bella reflexión)

El archivo "Amigo" estaba al lado de "Amigos que traicioné" y "Amigos que abandoné cuando mas me necesitaban". Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. "Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté".


Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Solo recuerdo que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano.

El cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear.

En algún lugar entre la semi-consciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía nada en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecía interminable en ambas direcciones. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado "muchachas que me han gustado". Lo abrí descuidadamente y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡Se trataba de las muchachas que a mí me habían gustado!



Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar de dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia.
Estaban escritas todas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria ya había olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos felices, otros por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba.

El archivo "Amigo" estaba al lado de "Amigos que traicioné" y "Amigos que abandoné cuando mas me necesitaban". Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. "Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté".

Otros títulos eran: "Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando Mamá me reprendía de niño", "Vídeos que he visto" No dejaba de sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de las que esperaba y otras veces menos de las que yo pensaba.

Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado. ¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad.



Cada una escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma. Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado" quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aún así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de música, si no por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido.

Cuando llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sólo abrí el cajón unos centímetros me avergonzaría de conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido; me sentí asqueado al constatar "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado. No necesitaba ver más.

Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: ¡Nadie debe entrar jamás a este salón! ¡Tengo que destruirlo!

En un frenesí insano arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y traté de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero cuando intentaba arrancarlas.

Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar. Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias, empecé a llorar en eso el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación:
"Personas a las que les he compartido el evangelio". La manija brillaba, y al abrirlo, encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar; caí de rodillas al suelo llorando amargamente de vergüenza. 



Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre.Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi.

¡Oh, no!, ¡Por favor no!, ¡Él no!, ¡Cualquiera menos Jesús!Impotente vi como Jesús abría cajones y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción.

En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada.

Intuitivamente Jesús se acercó a los peores archivos.

¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro y empecé a llorar de nuevo. Él, se acercó, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas, pero Él no dijo una sola palabra.

Allí estaba junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio y lloró conmigo.
Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba su nombre sobre el mío. ¡NO!, le grité corriendo hacia él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡No!, ¡No!, ¡No! cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía porque estar en esas fichas. ¡No eran sus culpas, eran las mías!

Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas.

No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos y me dijo: "Consumado es, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa".

En eso, salimos juntos del salón que aún permanece abierto. Porque todavía faltan más tarjetas que escribir.

Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad, pero, de lo que si estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará mas fichas de qué alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.

Gracias Jesús por haber hecho que esta reflexión llegara a mí.


/++ ¿Dónde estaba Dios? (Excelente Reflexión)

Dios estaba a bordo de los cuatro aviones, volando a un trágico destino. Él estaba dando calma a los aterrorizados pasajeros en cada avión. Ninguna de las familias que recibieron las últimas llamadas de sus seres queridos, desde los aviones, a través de sus teléfonos celulares, ha dicho que escucharon gritos de los pasajeros dentro del avión. Dios estaba con cada uno de ellos, dándoles consuelo.


Muchos de nosotros han escuchado esta pregunta en los últimos días:
"¿Dónde estaba Dios, cuando las Torres Gemelas en Nueva York, y el Pentágono, fueron atacados?".

Bueno, quiero decirles que yo sé dónde estaba Dios la mañana del 11 de septiembre del 2001. 

Él, nuestro Dios, estaba muy ocupado. Dios estaba distrayendo a las personas que pensaban tomar esos vuelos de las aerolíneas American y United. Los cuatro aviones juntos tenían capacidad para 1000 pasajeros, y esa mañana sólo viajaban 266.

... Dios estaba a bordo de los cuatro aviones, volando a un trágico destino. Él estaba dando calma a los aterrorizados pasajeros en cada avión. Ninguna de las familias que recibieron las últimas llamadas de sus seres queridos, desde los aviones, a través de sus teléfonos celulares, ha dicho que escucharon gritos de los pasajeros dentro del avión. Dios estaba con cada uno de ellos, dándoles consuelo.

Es más, Dios estaba dándole fuerza y valor a tres pasajeros del avión que cayó en Pennsylvania, para que lucharan contra los secuestradores y así se pudo evitar una tragedia mayor.



... Dios estaba muy ocupado, creando obstáculos para miles de empleados de las Torres Gemelas. Después de todo, sólo 20,000 personas estaban en las torres cuando el primer avión se estrelló. En los dos edificios juntos trabajaban cerca de 50,000 personas.
Mucha gente que trabajaba en las torres declaró a la prensa que ese martes negro, se les reventó una llanta del auto, sus despertadores no sonaron, perdieron el autobús, perdieron el tren, etc., etc... y llegaron tarde al trabajo... ¡y se salvaron!

... Después de que los dos aviones cumplieron su macabro objetivo, Dios estaba sosteniendo, con sus dos manos, las torres de 110 pisos cada una, para que miles de personas tuvieran tiempo de escapar. Y cuando finalmente, ya no pudo con el tremendo peso de las paredes de cemento y vigas de acero, las torres colapsaron, y colapsaron hacia abajo y no a los costados.

Esto también fue un milagro, porque si las torres hubieran caído de costado, habrían arrasado con más de 20 cuadras a la redonda y miles más hubieran muerto.

... Y cuando las torres se derrumbaron... Dios abrió los brazos y recogió a 6,000 de sus hijos y los llevó con Él al cielo, repitiéndoles una y mil veces, hasta el cansancio, que "lo peor ya pasó; Ahora están conmigo, no sufran, porque a mi lado gozarán de vida eterna".



Una vez que Dios llegó a las puertas del cielo, allí depositó las 6,000 almas que recogió y luego caminó y se sentó sobre una piedra; se cubrió la cara con las manos y lloró... Sí, Dios lloró... lloró por el alma de 19 de sus hijos que no pudo salvar y que se perdieron para siempre en el infierno, por haber vivido con tanto odio en sus corazones.

Y ésto no fue todo... 

Dios bajó de nuevo a la tierra para dar consuelo y resignación a cada una de las viudas que perdieron a sus esposos, a los esposos que perdieron a sus esposas, a los hijos que perdieron a sus padres y a los padres que perdieron a sus hijos, y se quedo en la casa de cada una de las personas que fueron afectadas por esta tragedia, brindándoles fuerza y valor para seguir adelante con sus vidas.

Y mi Dios seguirá siempre con todos nosotros. Él es la fuerza, el motor, el pilar de nuestras vidas; Él nunca nos abandona en los momentos difíciles.

Así que, si alguien te pregunta "¿...y dónde estaba Dios el 11 de septiembre del 2001?", diles con mucho orgullo y certeza que... DIOS ESTABA POR TODOS LADOS.

A pesar de todos los daños y de la magnitud de esta tragedia, yo veo el milagro de Dios en cada parte de ella. Si este mensaje te llegó al corazón, y si estás de acuerdo con él, compártelo con un amigo o con alguien que se esté preguntando ¿... y dónde estaba Dios el 11 de septiembre?...

¡¡¡Que Dios te bendiga!!!
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